Saltar al contenido
La actualidad, explicada.Te sirve ↗
NOTICIA

Max, el “presidente vitalicio” de los Poliperros, tendrá un monumento en Quito

El homenaje a Max abre una pregunta más amplia: qué es un perro comunitario, quién debe cuidarlo y cómo nació el modelo de los Poliperros en Quito.

El perro Max sentado sobre el césped junto a una estructura de entrenamiento.
El perro Max sentado sobre el césped junto a una estructura de entrenamiento.

Para entender

  • El 29 de septiembre de 2026, el Municipio de Quito anunció un monumento en homenaje a Max, el histórico “presidente vitalicio” de los Poliperros de la Escuela Politécnica Nacional, y a los animales de la ciudad.
  • En Quito, un perro comunitario no es simplemente un perro callejero: la normativa lo define como un animal atendido por una persona o grupo organizado y que convive con la comunidad bajo parámetros de bienestar.
  • Los Poliperros surgieron hace más de una década en la EPN. Un registro municipal de 2025 identificaba cuatro residentes permanentes —Max, Asiri, Bruna y Franzuá— y más de 20 perros adoptados gracias al proyecto; registros posteriores muestran que la composición del grupo ha cambiado.

Claro. Te lo dejo íntegro en un solo recuadro editable, sin cambiar el contenido.

La historia de Max no terminó con su muerte, ocurrida el 6 de abril de 2026. El perro que durante más de 15 años estuvo vinculado a la Escuela Politécnica Nacional (EPN) se convirtió en un símbolo de una forma particular de convivencia entre personas y animales: la de los perros comunitarios.

El Municipio de Quito anunció este 29 de septiembre que Max tendrá un monumento como homenaje a los animales de la capital. La decisión también permite mirar más allá de su historia individual: ¿qué significa que un perro sea comunitario y quién responde por él?

Un perro comunitario tiene responsables

Un perro comunitario no es, jurídicamente, sinónimo de un perro abandonado que recibe comida ocasionalmente. El Código Municipal de Quito reconoce expresamente la categoría de “perros comunitarios”.

La norma los define como perros que, individualmente o en grupo, conviven bajo parámetros de bienestar animal con la comunidad de un sector o barrio y son atendidos por una persona o por un grupo de personas debidamente organizadas.

La diferencia está, por tanto, en la responsabilidad organizada. El animal puede no tener un único tutor ni vivir permanentemente dentro de una vivienda, pero eso no significa que nadie responda por sus condiciones de vida.

La Unidad de Bienestar Animal (UBA) explica que ese cuidado supone garantizar esterilización, vacunas, desparasitación, controles veterinarios y un espacio adecuado. También incluye la limpieza del entorno y una convivencia apropiada con la comunidad.

La propia experiencia de la EPN muestra cómo funciona ese modelo. Cuando Suco, uno de los Poliperros, participó en un concurso municipal de animales comunitarios, se verificaron parámetros como identificación visible, vacunas y desparasitación al día, esterilización, alimentación diaria, atención veterinaria, evaluación de comportamiento y recolección de excrementos.

Es decir, dar comida a un perro que vive en la calle no basta para convertirlo en comunitario. La categoría implica que exista una estructura humana de cuidado alrededor del animal.

Quito no tiene una cifra pública consolidada

¿Cuántos perros comunitarios existen en Quito? La revisión realizada por Mediato no encontró un censo público, actualizado y consolidado que permita responder con rigor esa pregunta para todo el Distrito Metropolitano.

Esa ausencia importa porque no deben mezclarse categorías distintas. Una cifra sobre perros en situación de calle, animales esterilizados, rescatados o atendidos por la UBA no equivale automáticamente al número de perros comunitarios.

La normativa incluso evidencia que todavía existen procesos específicos de levantamiento de información. Una ordenanza de 2025, por ejemplo, dispuso realizar un censo de los animales ubicados en estaciones y paradas del sistema Metrobús Q para posteriormente establecer un protocolo de atención y cuidado.

Los Poliperros nacieron de un problema mayor

Max formó parte de una experiencia que comenzó mucho antes de que “Poliperros” se convirtiera en un nombre reconocido en Quito.

La iniciativa surgió hace más de una década dentro de la Escuela Politécnica Nacional, cuando estudiantes empezaron a actuar frente a la presencia de perros en el campus.

El mecanismo consistía en rescatarlos, esterilizarlos y buscar hogares para ellos; algunos, sin embargo, permanecieron vinculados a la universidad y se convirtieron en perros comunitarios.

El proyecto terminó formalizándose en enero de 2023 con la creación del Club de Bienestar Animal de la EPN. El nombre “Poliperros” juega precisamente con la identidad de la Politécnica y los animales que viven o han sido atendidos allí.

Un registro publicado por la UBA en 2025 señalaba que entonces había cuatro residentes permanentes: Max, Asiri, Bruna y Franzuá. También indicaba que el club tenía un pequeño refugio con capacidad para cuatro perros rescatados, que pasan por procesos de rehabilitación antes de buscarles adopción

Max convirtió el campus en su hogar

Max estuvo en el origen de esa historia. Según los registros municipales, recibió durante más de 15 años alimentación, cuidados y atención veterinaria de la comunidad vinculada al Club de Bienestar Animal.

Era conocido también como “Grandote” o “Toby”, pero dentro de los Poliperros terminó adquiriendo un título particular: “presidente vitalicio”. Su presencia se volvió parte de la vida cotidiana de generaciones de estudiantes de la EPN.

Cuando murió el 6 de abril, la respuesta trascendió la universidad. Cinco días después estaba previsto un homenaje póstumo en el parque El Ejido, un espacio que también frecuentaba Max.

Su muerte produjo además una consecuencia más concreta para la discusión sobre fauna urbana. El 14 de abril, la EPN entregó al alcalde Pabel Muñoz un manual de gestión para el cuidado responsable de perros comunitarios, construido a partir de la experiencia universitaria.

El modelo de los Poliperros puede llegar a la política pública

El manual explica cómo organizar grupos responsables y establecer procesos de manejo para estos animales. La intención municipal anunciada en abril fue revisar el documento y articularlo con la normativa vigente para utilizarlo como insumo de política pública.

Ese proceso es más relevante para el bienestar animal que el monumento por sí solo. La experiencia acumulada alrededor de Max y los Poliperros podría servir para establecer cómo deben organizarse vecinos, universidades, instituciones o colectivos cuando una comunidad decide asumir el cuidado permanente de un animal.

El desafío está precisamente en evitar que el concepto se convierta en una etiqueta para normalizar el abandono. Un perro comunitario sigue necesitando responsables, aunque esos responsables sean colectivos y no una sola persona.