Turismo

Quilotoa: el viaje no termina cuando se llega a la laguna

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Hay lugares que nos obligan a quedarnos un rato más. El Quilotoa pertenece a los de esa categoría. A 3.929 metros sobre el nivel del mar, dentro del cráter de un volcán que hizo erupción hace unos 800 años, una laguna de aguas turquesas ocupa el centro de un paisaje que parece suspendido entre la montaña y el cielo. Llegar hasta allí es apenas el comienzo.

El viaje puede empezar en Latacunga. Desde allí, el camino conduce hasta Zumbahua, comunidad encargada de administrar buena parte de la actividad turística de la zona. El descenso hacia la orilla toma alrededor de 30 minutos y convierte la primera mirada al agua en una experiencia física: el regreso, cuesta arriba, puede tomar cerca de 50 minutos y depende de la condición de cada visitante. Quienes necesitan ayuda para transportar su equipaje pueden recurrir a las mulas que ofrecen los comuneros.

Pero el Quilotoa también se puede recorrer desde el agua. El kayak es una de las principales actividades en la laguna: decenas de remos y botes esperan en la playa para quienes quieran avanzar sobre el agua y mirar el volcán desde otra perspectiva. Para quienes prefieren caminar, existe un sendero de aproximadamente 12 kilómetros que bordea el cráter. Es una ruta de dificultad moderada, con ascensos que pueden convertir el recorrido en una caminata de entre cuatro y seis horas.

Una laguna, varios caminos

Quedarse una noche cambia la experiencia. En el poblado junto al volcán se puede encontrar hospedaje, comida y servicios para los visitantes. La gastronomía local tiene en las sopas, granos, papas y carne parte de su identidad, mientras que las temperaturas, que pueden descender hasta los 6 °C, hacen del frío un acompañante permanente cuando cae la tarde.

Para quienes buscan una travesía más larga está el Quilotoa Loop, una ruta de senderismo autoguiada de unos 40 kilómetros que conecta la laguna con comunidades y pueblos como Chugchilán, Insinliví y Sigchos, siguiendo caminos que bordean el cañón del río Toachi. El recorrido puede tomar alrededor de cuatro días y permite entender que el Quilotoa no es únicamente una fotografía: es también el territorio de comunidades que han hecho del turismo una forma de vida.

La historia del lugar está igualmente ligada a quienes viven alrededor del cráter. El nombre Quilotoa proviene del kichwa quiru —diente— y toa —princesa o reina—, en referencia a la forma dentada de las crestas que rodean la laguna. Las comunidades conservan relatos y tradiciones que acompañan al paisaje y dan otra dimensión a la visita. En el Quilotoa, la naturaleza no está separada de quienes la habitan: forma parte de su memoria, de su trabajo y de su manera de recibir a los viajeros.

Dormir bajo las estrellas

La noche ofrece otra versión del volcán. Si el cielo está despejado, la ausencia de luces en buena parte del entorno permite observar las estrellas y hacer astrofotografía. También es posible acampar junto a la laguna, siempre que se respeten las reglas del lugar: no ingresar bebidas alcohólicas y llevar de regreso la basura.

El Quilotoa exige algo poco frecuente en los destinos turísticos: tiempo. Se puede llegar, mirar el agua y marcharse. Pero también se puede bajar hasta la orilla, remar, caminar por el cráter, dormir con temperaturas que recuerdan que los Andes no hacen concesiones y continuar después por los caminos del Quilotoa Loop. Quizá por eso el viaje no termina cuando aparece la laguna; sino que, empieza ahí.

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