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NOTICIA

¿No bañarse te hace más atractivo? Esto es lo que realmente dice la ciencia sobre el ‘pheromone maxxing’

El ‘pheromone maxxing’ propone reducir la higiene para potenciar el olor corporal, pero la ciencia no ha demostrado una feromona sexual humana.

Imagen ilustrativa de una mujer junto a un hombre que levanta un brazo, acompañada de símbolos de productos de higiene.
Imagen ilustrativa de una mujer junto a un hombre que levanta un brazo, acompañada de símbolos de productos de higiene.

Para entender

  • El ‘pheromone maxxing’ convierte el olor corporal natural en una supuesta estrategia para aumentar el atractivo sexual.
  • La ciencia sí encuentra efectos del olor en la percepción social, pero no ha demostrado una feromona sexual humana que produzca atracción predecible.
  • Tampoco hay datos que permitan decir que esta práctica sea masiva entre jóvenes: buena parte de su alcance proviene de videos y publicaciones en redes.

El ‘pheromone maxxing’ es una tendencia que circula en redes sociales y propone una idea tan sencilla como provocadora: reducir las duchas, dejar el desodorante y evitar perfumes para conservar el olor natural del cuerpo.

El término viene de la cultura ‘maxxing’, que consiste en intentar llevar al máximo alguna característica personal. Su antecedente más conocido es el looksmaxxing, centrado en mejorar la apariencia física.

En este caso, la promesa cambia de lugar. Ya no se trata de verse mejor, sino de oler “más natural” para resultar más atractivo.

Algunas publicaciones presentan esa estrategia como una forma de conservar supuestas feromonas sexuales que desaparecerían con el jabón, el champú, el desodorante o el perfume.

Ahí está el problema: la existencia de señales químicas humanas no demuestra que exista una feromona sexual capaz de volver automáticamente más atractiva a una persona.

El olor sí importa, pero no como lo plantean en redes sociales

El olfato participa en la vida social humana. Los olores pueden modificar emociones, percepciones y juicios sobre otras personas.

Una revisión sistemática publicada en 2026 analizó 21 estudios sobre olores y cognición social. Encontró que las señales olfativas pueden influir en la percepción y las respuestas sociales, pero esos efectos dependen del contexto y de las características de cada persona.

Eso deja una distinción importante: que el olor corporal aporte información no significa que funcione como un perfume biológico diseñado para provocar deseo.

La búsqueda científica de feromonas humanas lleva décadas. Una revisión publicada por Tristram Wyatt, investigador de la Universidad de Oxford, concluyó que no existe evidencia robusta para las principales moléculas que durante años fueron propuestas como feromonas humanas.

El problema no es que la ciencia haya demostrado que los humanos “no tienen feromonas”. El punto es otro: no se ha demostrado de manera sólida que alguna de las sustancias estudiadas sea una feromona sexual humana con un efecto reproductible.

Para demostrar algo así haría falta identificar la sustancia, comprobar que provoca una respuesta específica y reproducir ese efecto en condiciones controladas. Los estudios disponibles no han llegado a ese punto.

Por eso, pasar de “el olor influye en cómo percibimos a otras personas” a “si acumulo mi olor corporal seré más atractivo” es un salto que la evidencia no permite hacer.

Más sudor no significa más feromonas

El olor corporal tampoco aparece simplemente porque el cuerpo produzca una especie de perfume sexual que el jabón elimina.

El sudor puede mezclarse con bacterias y levaduras presentes en la piel. Esa interacción genera compuestos responsables del olor corporal. La Academia Estadounidense de Dermatología identifica axilas, pies e ingles entre las zonas donde ese proceso puede ser especialmente relevante.

Por eso, dejar de usar desodorante no “activa” una feromona conocida. El desodorante está diseñado principalmente para reducir o enmascarar el olor corporal, mientras que los antitranspirantes disminuyen la sudoración.

Tampoco existe una regla científica que obligue a todas las personas a ducharse exactamente con la misma frecuencia. La necesidad cambia según la actividad física, la sudoración, el clima y las características de la piel.

Eso es distinto de sostener que acumular sudor, grasa y bacterias aumenta el atractivo sexual. No hay evidencia que respalde esa segunda afirmación.

Además, un olor corporal particularmente intenso puede tener causas dermatológicas y no debe confundirse con una supuesta señal sexual. La bromhidrosis, por ejemplo, se relaciona con la descomposición de componentes del sudor por microorganismos de la piel.

La tendencia mezcla entonces dos hechos diferentes: el olor humano puede tener relevancia social y la higiene modifica ese olor. Ninguno demuestra que dejar de asearse convierta ese olor en una herramienta de seducción.

Hay otro límite que importa para entender el fenómeno. Que un usuario publique que recibió más cumplidos después de abandonar el desodorante es una experiencia personal, no una prueba de causalidad.

Una cita puede salir mejor por decenas de razones: apariencia, conversación, confianza, contexto, compatibilidad o simplemente azar. Un testimonio no permite aislar el efecto del olor.

El ‘pheromone maxxing’ resulta atractivo precisamente porque ofrece una explicación simple para algo complejo: la atracción humana. Pero la investigación apunta a un panorama mucho menos automático.

El olor puede formar parte de cómo percibimos a otra persona. La ciencia todavía no permite convertir ese dato en la promesa de una feromona sexual humana que funcione como un botón de atracción.