El déficit fiscal es la diferencia entre lo que el Estado gasta y lo que recibe en un año. Si gasta más de lo que recauda, hay déficit. Si recauda más de lo que gasta, hay superávit.
Por qué te afecta. El déficit se cubre de tres maneras y ninguna es indolora: más deuda, más impuestos o menos gasto. Cuando escuches que hay que cerrar la brecha fiscal, traduce: alguien va a pagar más o algo se va a dejar de hacer. Los subsidios, el salario público, la inversión en salud y los plazos de pago a proveedores del Estado se mueven según esta cifra.
Un ejemplo. El déficit se anuncia siempre de dos formas: en millones de dólares y como porcentaje del PIB. El segundo dato es el que importa, porque mide el hueco en relación con el tamaño de la economía y permite comparar años y países. Mil millones de déficit no significan lo mismo en una economía grande que en una pequeña.
El error común. Se cree que un déficit siempre es malo. No necesariamente: un país puede endeudarse para invertir en algo que genere retorno. El problema aparece cuando el déficit se vuelve permanente y se usa para financiar gasto corriente, es decir, para pagar la operación del día a día en lugar de construir algo. No confundir con deuda pública. El déficit es de un año: la deuda es el acumulado de todos los déficits anteriores.




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