Cuando se habla de inseguridad, la conversación suele concentrarse en capturas, armas o estados de excepción. Pocas veces nos detenemos a mirar el momento en que todo comienza: cuando un adolescente encuentra en una banda la oportunidad que nunca encontró en el Estado.
En muchos barrios del Ecuador esa historia ya no resulta extraña. Un adolescente empieza haciendo «un favor»: vigilar una esquina, transportar un paquete o avisar cuando llega una patrulla. Al principio parece un ingreso fácil y sin mayores consecuencias. Después aparecen tareas más riesgosas y, cuando intenta alejarse, descubre que ya forma parte de una estructura criminal. El problema no empieza el día en que ese joven empuña un arma; comienza mucho antes, cuando siente que nadie le ofrece una alternativa distinta.
Mientras el debate público sigue concentrado en la reacción frente al delito, las organizaciones criminales trabajan sobre un terreno mucho más silencioso: el de las expectativas. No reclutan únicamente por dinero; construyen pertenencia, reconocimiento y la sensación de que existe un lugar para quienes han crecido sin oportunidades. Esa lógica, que ya se percibe en Ecuador, encuentra un preocupante respaldo en una investigación desarrollada en México.
El Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México, junto con el Laboratorio de Odio y Concordia y el Civic A.I. Lab de Northeastern University, documentó más de cien cuentas en TikTok utilizadas para difundir propaganda criminal, publicar falsas ofertas de empleo y captar jóvenes. El hallazgo más importante no es que las bandas hayan llegado a las redes sociales, sino que comprendieron cómo utilizarlas para ampliar un proceso de reclutamiento que ya existía fuera de ellas.

Ecuador todavía no enfrenta un esquema digital tan documentado como el mexicano, pero sería un error pensar que ambos fenómenos no guardan relación. Aquí las bandas también saben dónde buscar. Identifican barrios con altos niveles de vulnerabilidad, jóvenes que abandonaron la escuela, familias golpeadas por la falta de ingresos y comunidades donde la presencia del Estado es intermitente. Cambia la herramienta; la lógica sigue siendo la misma.
Por eso reducir la discusión a TikTok, Facebook o cualquier otra plataforma significa mirar apenas una parte del problema. Las redes sociales no crean la vulnerabilidad; simplemente aceleran el contacto entre quienes buscan reclutar y quienes llevan demasiado tiempo esperando una oportunidad. Si mañana desaparece TikTok, aparecerá otra aplicación. Lo que no cambiará será la capacidad del crimen organizado para ocupar los espacios donde el Estado dejó de estar presente.
La seguridad tampoco puede entenderse únicamente como una respuesta policial. Los operativos, las capturas y el fortalecimiento de las instituciones de control son necesarios, pero llegan cuando el proceso de reclutamiento ya comenzó. La prevención empieza antes: en una escuela que evita la deserción, en un barrio que recupera sus espacios públicos, en un joven que encuentra su primer empleo o en una familia que siente que las instituciones no la abandonaron.
Las organizaciones criminales entendieron hace tiempo que quien llega primero a un adolescente tiene una ventaja enorme para quedarse con él. El desafío del Estado no consiste únicamente en perseguir a las bandas cuando ya reclutaron a miles de jóvenes, sino en impedir que ese primer contacto ocurra. Esa es una tarea que exige políticas públicas sostenidas, presencia institucional y oportunidades reales, porque ningún operativo puede reemplazar aquello que durante años dejó de construirse.









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